IR AL FORO

La mano de cristal


Un galeón inglés se revolvía en las aguas del océano Atlántico. Las aguas, embravecidas y revueltas, golpeaban el lateral del galeón con fuerza, despidiendo miles de gotas espumosas por encima de él y empapando sus velas.
-¡Recoged las velas!, este maldito tiempo las va engullir; ¡rápido!-dijo un hombre rudo con un parche en el ojo.
La tripulación, azorada y golpeada por las olas despiadadas recogía los aparejos de la cubierta. El sonido rasgado de las velas recogiéndose, dejó al barco a la merced de la mano del mar. En su interior, el hombre del parche en el ojo se dirigía con semblante preocupado y decidido a los camarotes, en concreto al más importante en ese momento: al camarote del capitán.
Los nudillos de acero arrancaron un sonido sordo a la impoluta madera, refinada en una serie de dibujos de lucha encarnizada en los mares y de seres de fácil imaginación.
-¿Sí?-pronunció una voz generosa.
-Señor, tenemos problemas en cubierta, el tiempo no amaina y los hombres están asustados.
-Pasa.
El capitán del barco, llamado Hopper, vestía muy bien para ser capitán de un barco pirata, en este caso, corsario de la Corona Española. Su traje, bien cuidado, lo componía: un fajín rojizo y un sombrero negro coronado por una pluma grisácea, bajo una camisa de color bermellón. El lugar estaba ordenado y pulcro, demasiado cuidado para un simple pirata de barco.
-¿Qué ocurre en cubierta?-dijo Hopper sin dejar de escribir en un papiro-. No me creo que mis hombres estén asustados por el temporal-incidió.
-No señor. No es eso; dicen que hay algo en la bodega de carga, en concreto, alrededor de la cosa esa…
-Recuerda-dijo alzando la vista del papel, dejando ver dos ojos negros como el carbón- que si hablamos de algo de esto, te pasaran por la horca, ¿lo sabes no?-dijo esbozando una leve sonrisa, que finalmente quedó en una mueca.
-¡Lo sé! ¡Lo sé capitán! Y yo amo el mar y este trabajo, pero no quieren escucharme.
-Está bien. No te preocupes-dijo levantándose de forma decidida-. Voy a hablar con ellos-cogió un sable reluciente, lo guardó en su vaina y se colgó del fajín una pistola española que databa del 1733.
-¿Dónde están ahora?-enunció el capitán.
-Están todos en los comedores, señor.
Ambos se perdieron en el corredor, por los pasillos recubiertos de madera parduzca y resistente al paso de los años. Los pasillos y el interior del barco estaban engalanados por el arte victoriano, que le daba un aire de cierta grandeza y opulencia a la embarcación. Descendieron por una escalinata, que tenía toneladas de polvo, bajo el canturreo de las botas del capitán y los pasos del oficial del puente.
En el comedor, reinaba un silencio incómodo y tajante, y en los rostros se dibujaba cierta preocupación, incluso; el miedo. Cuando vieron aparecer al capitán del barco bajo un semblante serio, sus rostros cambiaron como un rayo a la preocupación y al temor indistintamente.
El capitán con planificación se plantó en medio del comedor mirando a todos los tripulantes, y con un ademán claro, invitó a que su oficial de puente pasara.
-Me ha dicho vuestro oficial de puente que no queréis cumplir vuestro cometido, y debo recordaros que estáis aquí para una misión. Cumplidla-dijo sin rodeos el capitán.
El oficial del puente miraba de un lado a otro para ver quién era el que tomaría la iniciativa, pero nadie lo hizo: todos callaron sin mediar palabra alguna.
-Si no hacéis lo que os digo. Los tiburones se atiborraran con vuestras entrañas, ¿quién quiere ser el primero…?-dijo el capitán de forma errática.
-¡No hay dinero ni ambición que page lo que hemos visto capitán!-dijo un hombre bajito y robusto al mismo tiempo, con una cicatriz en el ojo derecho que le marcaba una línea en su piel que se perdía en el párpado del ojo dañado y se remontaba por debajo de él.
-¡Mi tripulante más valioso! el temerario Jossue. Me extrañaba que no reaccionaras, siempre has sido un hombre de coraje de león; dime, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso te has vuelto un cobarde?
-No señor. Yo no temo a nadie. Las cicatrices de mi cuerpo honran mi valentía, como usted bien sabe. Pero no estoy aquí para soportar cosas como las que acabamos de ver en la bodega de carga señor. ¡Lo hemos visto!
-Sé que no eres un cobarde. Te he visto en mil batallas pelear con tu espada y con el corazón en la otra mano; ¿qué habéis visto?
-¡A él!-dijo con los ojos sombríos y temblorosos de temor.
-¿A él? ¿Un polizonte quizás? Tirarlo por la borda es lo que deberíais hacer…
-No señor, no lo comprende: ¡no es humano!, es una sombra que se ha postrado alrededor de lo que trajimos de Perú.
-Parece que a todos se os ha olvidado lo que os dije. ¡Nada de hablar sobre lo que hay en la bodega! ¡Entendido!-dijo mirando a toda la tripulación con la mirada furiosa. Debo volver a mis asuntos, espero que esto se quede en un mero accidente.
El capitán desapareció bramando una serie de cosas ininteligibles y se quedó sólo el oficial del puente. Éste, temblaba como un flan al ver las miradas asesinas que se posaban como cuchillos sobre él.
-¡Maldito chivato! Eres un perro sarnoso-dijo con furia Jossue.
-Tenemos que trabajar todos para llegar a España, así no llegaremos a ninguna parte-dijo asustado.
-El corazón me dice que te pegue un sonoro puñetazo, mi querido oficial de puente, pero la poca razón de la que dispongo me advierte de que tendrías que verlo para comprendernos…
-Si estáis tan asustados estaré dispuesto a acompañaros, pero ya habéis escuchado las palabras del capitán: hay que llegar a España a toda costa.
Un asentimiento general puso fin a la conversación. Y los marineros curtidos por el mar y las batallas, bajaron en corrillo a las bodegas de carga: a las despensas del barco, solitarias y oscuras como la boca de un lobo.
Los pasos intranquilos de la marinería, bajaron la breve escalinata del bodegón y los sonidos del mar afloraron con furia, sacando sonidos sordos de todos los rincones del barco. Resquebrajando la madera en su crepitar del mar.
-¡Mira allí!-dijo excitado Jossue pero con un timbre de voz bajo.
El oficial del puente no podía creerlo: alrededor de un arcón (el que habían traído de Perú), había una sombra negruzca y transparente que hacía ruegos, arrodillada, afligida por algo: promulgando una serie de letanías en una lengua desconocida. Se giró, y con un rostro deformado y con unos ojos oscuros y pequeños, abrió la boca y profirió un grito gutural que se escuchó en el eco de los recovecos del barco, mezclado con el tronar de la tormenta. La multitud comenzó a huir despavorida.
El rugir de pasos se escuchó por todo el barco, y la tripulación se refugió asustada en los comedores bajo el sonido de rayos, la tempestad y el oleaje.
Todos se sentaron con el rostro desencajado y Jossue le dijo al oficial del puente: ¡Ves! Te lo dije. Aquí no está ocurriendo algo normal. No sé ni qué es esa cosa ni quiero saberlo, pero el capitán seguro que lo sabe.
-Cómo estás tan seguro…-preguntó el oficial.
-Con el berrido que ha sonado esa cosa, seguro que se ha escuchado su quejido en cualquier parte del barco, y el capitán no ha bajado: ¿no te parece extraño?-dijo Jossue mirándole con su ojo quieto y escrutador.
El oficial del puente no levantaba la cabeza. Una idea se tornaba en su salada mente: quizás Jossue tuviera razón, y si así fuera; ¿qué demonios llevaban en la bodega de carga? ¿Qué contenía ese arcón del que no podían hablar?
El capitán del barco escribía con delicadeza una carta que decía:
“Querida Lucía. Llevó navegando más días de los que puedo recordar; el viaje ha sido muy largo y el precio a pagar por él demasiado alto. Espero que Dios me perdone por las barbaridades que he hecho en el Perú, y mi arrepentimiento contrasta con la salvajada que hace meses cometí en ese lugar, pero siempre he sido un hombre avaricioso, y la avaricia será un día mi perdición. Espero poder verte mi queridísima Lucía, anhelo estrecharte entre mis brazos para redimirme de estas atrocidades que me atormentan, pero así es la vida de los piratas, llamada por los gobiernos en guerra: corsarios. Porque eso es lo que soy, un corsario bajo el mando de la Corona Española. Pero cuando estoy contigo me olvido del ser ruin que soy, y me siento liberado; ¡hace ya tanto que no te siento junto a mí! La vida en la mar es dura, pero con volver a ver tu rostro otro día más será como otro amanecer: precioso. Para siempre tuyo: Hopper”.
Hopper dejó la pluma en el tintero y plegó la carta para guardarla en un sobre. Se quedó mirándola fijamente y se sumergió en la pasión que embargaba sus sentidos. Lucía, ¿cuándo volveré a verte?
Pasaron los días, y en concreto las semanas, y para fortuna de los marineros y del capitán no hubo más incidentes, además; ya veían la costa española.
-Amerizar en el puerto de de Cádiz-dijo el capitán consultando sus cartas de navegación mientras miraba a sus hombres.
El día era soleado y el viento soplaba con vehemencia inflando las velas como pulmones, otorgándole velocidad a la embarcación. En el horizonte se divisaba el puerto de Cádiz, en el que un carruaje de color negruzco y oscuro, esperaba al galeón con cierta impaciencia.
Cuando el galeón se puso en paralelo, mostró toda su majestuosidad al puerto: era grande, con cientos de cañones, y la inmensa línea de flotación levitaba en el oleaje, devorando las aguas; la quilla del barco estaba coronada por la punta de una mujer con los brazos en cruz, bajo el bamboleo de la bandera inglesa. Las velas inmaculadas se desplegaban como montañas níveas en la cubierta.
Toda la tripulación estaba ansiosa de pisar tierra firme. La primera vez en meses. Comenzaron a descender, previamente habiendo recibido órdenes de tomarse unas merecidas semanas de descanso. Con directrices estrictas de no acercarse a la bodega, aunque por supuesto, ninguno de ellos pensaba hacerlo.
El capitán cogió una bocanada de aire fresco, hinchando sus salinos pulmones de lobo de mar. Al final del puente del barco, ahora desplegado, le esperaba el carruaje con un cura junto a él. Esperaba lo que habían traído a sangre y fuego del Perú. Lo que había en la bodega.
El capitán descendió por el puente como si fuera la lengua de un dragón. En la cara del cura se esbozó una sonrisa amplia y generosa, quizás por la gratificación de recibir lo que esperaban desde hacía tanto tiempo.
-Es una alegría tenerle aquí capitán. Espero que el cargamento esté en un buen estado-dijo el cura retocándose el alzacuellos.
-Lo está. Tanto, que ha servido para incomodarme a mí mismo, y a mis hombres; si no fuera por lo que ustedes me indicaron habría cometido una locura, o quizá varias.
-¿Lo ha visto?
-Yo no. Pero tengo entendido de buena mano que mis hombres sí. Por favor, acabemos cuanto antes con esto y págueme lo acordado.
-Todo a su debido tiempo capitán- el cura se acercó al carruaje y por la ventanilla comentó una serie de cosas inaudibles que el capitán no logró descifrar.
-De acuerdo-dijo el cura-; espéreme aquí. Vamos capitán, lo necesitamos lo más rápido posible, ya hemos perdido mucho tiempo.
El capitán vacilante y algo renqueante a entrar en su propia bodega dudó, pero el dinero le dio el impulso necesario para entrar en la panza de su gran barco.
El cura y él mismo iniciaron la marcha por el puente de madera, decididos a entrar en la caverna que les esperaba desde la más inmensa oscuridad.
En la cubierta, el día les bañaba el rostro. Pero conforme se fueron acercando a las puertas del barco, la negrura y el silencio gobernaban el lugar.
Entraron por la puerta de cubierta y descendieron hacia la bodega. La débil luz penetraba por los resquicios del barco, y reflejaba la luz como una lente desde cualquier ventana. Cuando llegaron a los comedores, con los restos todavía de la comida del día, las escaleras se les presentaron de la forma más siniestra que un hombre puede resistir.
El cura sacó de uno de sus bolsillos una toga y un libro con distintas oraciones salmodias.
El capitán del barco agarró su arma.
-Aquí no actúan esa serie de fuerzas capitán-dijo el cura con sabiduría-. No será necesario.
Bajando los peldaños con cientos de ojos escrutando y padeciendo la inmensa soledad de sonidos que emitía el lugar, vieron el arcón. Con premura y cierta inquietud, ambos lo agarraron por ambos extremos; por desgracia, desde detrás de ellos, emergió desde el suelo una sombra, de ojos pequeños y negros como el carbón, emitiendo un sonido cavernoso y lastimero.
El capitán, asustado, abrió los ojos de par en par, y el cura; en un movimiento hábil y sagaz, comenzó a recitar una serie de salmos. Acto seguido sacó una cruz y la levantó en el ambiente bajo el canturrear de una serie de oraciones cada vez más fuertes, que cobraban mayor intensidad. Finalmente; el espectro, desapareció.
-¡Ha visto eso!-dijo el capitán afectado.
-Sí capitán. A veces, confluyen unas fuerzas que escapan a nuestro entendimiento, pero no al de las oraciones de Dios.
El capitán, con el rostro desencajado, decidió salir de allí a toda prisa. Todas las sombras del lugar le recordaban a esa cosa infernal, y cogiendo un extremo con inquietud dijo: ¡Vamos padre! Quiero salir cuanto antes de aquí.
El cura y el capitán salieron de las entrañas del barco con el arcón en su poder. Bajaron el puente con cuidado, y un hombre impaciente y desasosegado salió del carruaje al ver la estampa que se traían entre manos.
De porte alto y de traje caro, ese hombre pertenecería a la aristocracia, y, seguramente, tendría la cantidad más que suficiente para pagar al capitán del barco. No pudo esperar a que bajaran del puente, y subiendo a las entrañas del barco les ayudó con sus inexpertas manos a llevar el arcón. Una vez estuvieron cerca del carruaje, el hombre se mostró reticente a que el capitán viera el interior, y con un gesto elegante le invitó a que se mantuviera a cierta distancia. El cura, y ese pintoresco hombre, cargaron el carruaje bajo el inclemente sol y el rugir de las olas rompiendo contra el puerto.
-Aquí está lo acordado-dijo el hombre alto y de porte elegante.
El capitán estaba más qué satisfecho: había recibido lo acordado y había cumplido su cometido, aunque esa siniestra sombra se le quedó grabada en la retina.
El cura hizo una reverencia y se despidió del capitán; el carruaje salió a toda prisa despidiendo nubes de polvo y latigazos a sus oscuros corceles.
Era hora de marcharse. Pero el estar en tierra firme merecía un reconfortante descanso. El capitán se propuso ir al único lugar de la ciudad que reunía esos requisitos: la cantina del pueblo.
Iniciando la marcha por el árido páramo que componía el conjunto del camino, el capitán, no pudo evitar precipitarse en sus pensamientos; quería estar con Lucía, lo deseaba fervientemente: estrecharla, abrazarla, besarla, sentirla; pero estaba a cientos de Kilómetros de dónde vivía. Quizás, un día, o dos a lo sumo de espera en el pueblo para que se cumpliera su objetivo, serían su fustiga del deseo de estar con su amada.
Caminando bajo el sol inclemente oteaba en el horizonte el pueblo. La breve brisa matutina toqueteaba sus rubios cabellos y la bola fogosa celestial le hacía sudar de sobremanera. Por fin, llegó.
Sus multilaterales calles, las recorrían los plebeyos en su quehacer diario y podía verse, cómo desde las sombrías callejuelas, los harapos y las manos ennegrecidas de los más pobres pedían a diario, algo, lo que fuera, para poder comer. Los carruajes se violentaban en las curvas de las calles, el látigo resonaba en el ambiente, y el sonido de los cascos castigaba el camino pedregoso. Tras unos pasos vio lo que estaba deseando: la taberna, enmohecida por la carcoma y adornada por la erosión de la vejez y de innumerables risas en su interior, probablemente de sus hombres asustados, que, paradójicamente, ahora eran felices.
La puerta se abrió con seguridad pero delicadeza a la misma vez y entró el capitán bajo el chirriante cese de las risas. Sus hombres, serios y expectantes, le escrutaban con cada sonido que arrancaban sus pies.
-¡Que no cese la fiesta!-dijo con un gesto de prepotencia y grandilocuencia.
Sus hombres, contentos por saber que de momento no iban a partir, explotaron en un frenesí de alcohol y posiblemente, de la futura idea de la visita a un burdel.
El capitán, se sentó solo en un rincón y poniendo de un gesto brusco una moneda encima de la vetusta mesa dijo: “¡Camarero, una jarra de cerveza!”.
De detrás de la barra salió un bajito y fondón camarero, al que su rimbombante panza denotaba una clara avidez por la comida.
-¡Aquí tiene señor, que aproveche!-dijo tosiendo toscamente al vacio.
El capitán bebió con soltura y satisfacción la espumosa cerveza que le habían servido. No paraba de preguntarse por Lucía; demasiados meses en la mar, demasiado tiempo habiéndola dejado sola… Y, también, de forma fugaz recordó esa cara chillando de forma lastimera en la bodega del barco; esa sombra aterradora que no se despegaba del arcón hasta que el cura hizo los salmos. ¿Qué contenía el arcón que se trajo a sangre y fuego del Perú? Ni siquiera se atrevía a aventurar una posible respuesta…
-¡Date prisa debemos llegar cuanto antes!-dijo desde el interior del carruaje una voz profunda.
-¡Sí señor!-dijo el conductor del carruaje, fustigando con las cinchas a los corceles, grabando marcas de sangre en los lomos de los caballos jadeantes.
-¿Está seguro padre, que el contenido del arcón es el indicado?-dijo desde las sombras del interior del carruaje, el hombre alto y trajeado.
-Puede estar usted tranquilo, yo mismo he comprobado cómo el contenido del arcón es el correcto, no me ha hecho falta ni abrirlo. Todo ocurrió como indicó la fuente de este hallazgo.
-¿Estaba esa cosa?
-Sí. Y logró inquietar al capitán y a su tripulación. Sólo Dios sabe qué locuras habrá tenido que hacer en Perú para lograr traerla; suerte, que es un ser avaricioso.
Bajo el galopar de los caballos, negros como el azabache y el incesante rugir de las ruedas, el carruaje se dirigía incesante a un castillo de cierta magnificencia y escarpado en las espaldas de una afilada montaña. El carruaje se introdujo por el camino mal definido por el paso de los años y la erosión, y tomando cierta pendiente avanzaba a la entrada principal del castillo.
Al cabo de unas horas, el recio transporte logró llegar a su objetivo y las puertas del castillo, como las puertas de la esperanza, se abrieron.
Un hombre de descarada posición económica y evidentemente perteneciente a la nobleza, les esperaba en la mitad de una plazoleta interior, preocupado y azorado por la llegada del carruaje.
¡Por Dios! ¡Por Dios! Ya están aquí… ¡Mi amada Leonor! , verás cómo te pones bien, seguro que escapas de las garras de la fría parca.
El carruaje paró en el interior de la plaza, y bajo el chorro de una fuente y el canturreo de los pajarillos, el cura y el hombre de traje se bajaron del transporte con el arcón.
¡Jesús! ¡Dios mío! Ya estáis aquí, vamos daros prisa…-dijo el hombre de alcurnia evidente.
-Tranquilícese, hemos tardado lo menos posible, y yo ya no estoy tan joven para hacer estas cosas-dijo el cura con resuello.
-¡Vamos!-bajo unos guantes blanquecinos como la nieve, dando un par de palmas secas, el hombre aristócrata llamó al servicio del castillo. Un par de sirvientes, fornidos y de color, cogieron el arcón bajo el seguimiento de los presentes, en dirección a las entrañas del castillo.
Comenzaron la elevada cuesta de la inclinada escalera, peldaño a peldaño, lo más rápido posible hacia los aposentos de Leonor.
Una alfombra roja como un camino rojizo les indicaba la entrada al castillo. Una vez dentro, numerosos pasillos y habitaciones bajo el crepitar de antorchas encendidas alumbraban las partes más bajas del castillo, donde la luz del día no llegaba, dónde se encontraba Leonor.
-¡Leonor! Si la pasa algo yo me muero, ¡me muero!-dijo en sollozos el hombre aristocrático.
-Cálmese por Dios. Debe tener fe-dijo el cura posando como una paloma su mano en su hombro.
-Esperemos que tenga razón padre, esperemos que sí…
Recorriendo una escalera de piedra de caracol descendieron a los aposentos de Leonor. Allí estaba, tumbada en una cama generosa, con diversas florituras atrapadas en bellos cuadros y diversos y lujosos adornos, bajo la cruz de madera de Cristo. Las doncellas le atendían secándola la frente y ayudándola a acomodarse en la cama.
-¡Leonor! ¡Leonor! ¿Puedes oírme? Ya estamos aquí mi amor… todo va a salir bien, ya lo verás- y esbozó una sonrisa que quedó sumida en una horrible mueca.
-Dejad la caja en el suelo-dijo el cura haciendo una serie de gestos.
La ornamentación del lugar era espectacular, en contraposición del delicado cuerpo y estado de salud de la joven de indudable belleza.
-¡Cariño!-tosió-, has vuelto…, creía que ya no volvería a verte-dijo pálida como el mármol Leonor.
-¡Lo he encontrado!-dijo alegre-. Era cierto lo que nos dijo aquel sirviente, tenía razón, ¡ese objeto existe!, y está aquí, con nosotros cariño; lo tengo a mi lado para salvarte, está en ese arcón-dijo señalando.
La joven, bajo un rostro esculpido por Afrodita y un cuerpo que insinuaba unas curvas perfectas para ser esculpidas por cualquier escultor, abrió sus grandes ojos azules como el mar, y bajo los tirabuzones de su pelo amarillo como el sol fijó su mirada en la caja.
-¿Es eso lo qué me salvará?-dijo dudosa y con los ojos crecientes en lágrimas. ¿Cómo estás tan seguro, cariño?-dijo acariciándole el rostro-. Si Dios me llama, ¿no crees que deberé de irme mi amor?-dijo resbalando por sus mejillas lágrimas como diamantes.
-¡No! ¡Jamás!-dijo furioso-. Yo; yo…, ¡te necesito mi amor! Sin ti; sin ti me muero.
Iban a besarse, cuando la mujer, repentinamente, se vio sorprendida por un grave ataque de tos. Comenzó a tener espasmos por todo el cuerpo, y bajo un dolor insoportable agarró con sus manos la sábana que le cubría, retorciéndose en un valle de espinas que le pinchaban por todo su enfermo ser.
-¡Rápido maldita sea!-el hombre en un arrebato abrió el arcón, y sacó algo en una tejido de color parduzco que recubría una forma por descubrir.
-¡Qué hace, insensato! Había que hacer una plegaría antes de abrirla, ¡nos ha puesto en peligro a todos!-dijo el cura gesticulando con las manos.
Un grave chillido agudo y cavernoso se precipitó por las escaleras. La sombra de ojos almendrados y boca ovalada, comenzó a despedir maldad y un aliento pútrido por cada grito que daba. En el interior de los aposentos de Leonor, asustados y gravemente ateridos por la temeridad del amante de Leonor, estaban anhelantes de que esa cosa desapareciera de allí.
El cura se arrodilló, y cruzando las manos comenzó a rezar al crucifijo y rezó los salmos que hizo la primera vez en la bodega del barco. La sombra, a simple vista, pareció desaparecer.
-¡No vuelva a hacer eso!-dijo el cura enfurecido. Hemos estado en peligro todos…
-A mí sólo me importa que Leonor se ponga bien padre, sólo me importa eso.
A continuación se hizo el silencio en el ambiente bajo el inquisitorio pesar de la posible muerte de Leonor.
-Mi querido Robert, ¡te quiero!-dijo Leonor.
Robert de forma ágil comenzó a quitar el antiguo paño que recubría esa interrogante forma.
-¡Con cuidado! Es un paño sagrado-dijo inquieto el cura.
Robert, bajo el llanto y el sollozo descubrió la forma que contenía ese tapiz sagrado: todo el mundo se sorprendió, incluso aunque conocieran la leyenda, la imagen daba cierto escalofrío; una mano esquelética, y tan frágil como el tallo de una débil planta, se mostró ante ellos: la mano de cristal.
El cura tragó saliva y se dibujó en su rostro una cierta inquietud; sabía lo que estaban haciendo y sabía lo que contenía el arcón, pero no pudo evitar que esa cosa, ¡esa forma! , le brindara un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. El hombre de traje y postura firme, no se movió ni por un instante, permaneció imperturbable y por un momento, sus ojos, se cerraron levemente por la sorpresa y el asombro de tan singular hallazgo.
Robert con la mano de cristal encima del paño abierto, se quedó mirando esa grotesca forma que estaba posada en el trapo como un ser diabólico. La mano estaba como revuelta en una violencia infinita de la que no se liberaría jamás.
-Mi querida Leonor. Escaparas de la fría muerte, y volveré a sentirte entre mis brazos, ¡ya no tendrás miedo! y siempre estarás a mi lado, hasta el día que llame a nuestras puertas el fin del ciclo de la vida.
Leonor, aún revuelta por los truculentos dolores que la castigaban, levantó la mano en un intento de seguir al adalid de la vida, el lazo que la salvaría: la mano.
El ambiente estaba cargado de misterio y tristeza. No paraban de mirar hacia todos los lados, temerosos de que esa extraña sombra les sorprendiera y en un alarde de ira los matara a todos, dejando sus cuerpos de la peor y más horrenda muerte posible. Pero no sucedió nada para suerte de todos los presentes.
-Recuerde de qué forma tiene que posar la mano en su rostro Robert, si lo hace de otra forma distinta, no sabemos qué consecuencias puede acarrear-dijo el cura mirándole fijamente con sus ojos oscuros.
-Sé lo que hago padre; he esperado este momento desde hace mucho, y sabe Dios que tengo la esperanza de que funcione…
Sin perder más tiempo, Robert cogió la esquelética y frágil mano entre las suyas, notó una sensación inquietante, la mano, la débil mano, cobraba fuerza al sentir la vida de las manos de Robert, y con un movimiento veloz, posó con sumo cuidado la mano en la cara de Leonor; ésta, se asustó al ver cómo la mano le tapaba el rostro, y cómo fue la forma de la raquítica mano paulatinamente cubriéndole todo su campo de visión, antes de notar su gélido tacto en su rostro.
Leonor respiraba de forma acelerada, tenía miedo, y mucho, desde el fondo de la mano, como una voz cavernosa, y como si estuviera a cientos de Kilómetros de allí dijo: “Robert…. mi amado Robert. ¡No me dejes!, te lo ruego.
-¡Estoy aquí cariño! No pienso dejarte, estoy aquí a tu lado mi amor, no pienso abandonarte.
La imagen esperpéntica que todos pudieron contemplar a excepción de Leonor, que por sus mejillas resbalaban las lágrimas como si una cascada se hubiera liberado, les encogió el corazón: el crucifijo de madera comenzó a arder, el cuerpo pareció gozar de ingravidez y unas letanías de procedencia desconocida invadieron los oídos y el eco del lugar. Casi al instante, un hecho fugaz ocurrió, la sombra, oculta a la vista de todos se materializó y articuló una serie de plegarias que sobrecogieron a todos los asistentes. ¡Estaba rezando! , ¿por qué haría eso? Y de un chillido desgarrador, voló por el techo y penetró en el cuerpo de Leonor.
La mano se hinchaba como si se estuviera alimentado de la poca vida que le quedará en el cuerpo a Leonor y comenzó a adoptar cierto volumen. Robert, asustado, trató sin éxito de arrebatar la inquisitoria mano del bello rostro de Leonor, pero una fuerza sobrenatural le despidió a unos cuantos metros del lecho mortuorio.
Todos los presentes se asustaron y tenían la idea en mente de quitar esa diabólica mano, las instrucciones de su uso habían sido las correctas, y la leyenda que les contaron de mano de una fuente fiable se cumplieron al pie de la letra; pero, ¿qué era esa sombra?, y ¿por qué estaba allí? ¿Habían hecho algo mal?
Finalmente, Eleonor dejo de flotar en el ambiente y cayó en la cama con una suavidad pasmosa. La sombra se fundió por completo con su cuerpo y el crucifijo dejo de arder por mano de la magia del hecho que había ocurrido. La mano, se rompió en mil pedazos, y el aura oscura y mordaz que embargó la transformación dejo de existir.
-¡Eleonor! ¡Eleonor! Mi amor, ¿cómo estás?-dijo Robert de forma azarosa y afligida.
El cura no paraba de besar el crucifijo que llevaba desde el inicio de esta aventura. Y, para romper el marco de lo tradicional, el individuo trajeado, poco perturbable, rompió su fama de impávido y se manifestó una intranquilidad palpable en su rostro.
Leonor permanecía rígida en su lecho. No se movía. Y Robert desde su lado, cogiéndole la lechosa y suave mano no paraba de llorar, restregando su sedosa piel. Pero, para lo inusual de la situación el cuerpo de Leonor comenzó a volatilizarse, transformándose en otra sombra como las que les acechó en ese cuarto. Robert retrocedió asustado, lanzando un grito de terror. Se deshizo su ser, y su rostro, abriendo la boca como un pozo negro, emitió un grito gutural antes de desaparecer de la vista de todos.
-Usted; ¡maldito cura! Usted y su maldita leyenda, me ha arrebatado a mi querida Leonor. ¡Qué haré ahora!, la he perdido para siempre, ¡para siempre!
Robert sacó una pistola de uno de sus bolsillos, similar a un mosquete en miniatura y apuntó al cura; éste, terriblemente asustado retrocedió y no pudo evitar mascullar: ¡Por favor Dios, perdónale! Pero para su sorpresa y los de todos, se metió la pistola en la boca y se disparó, quitándose la vida.
-¡Jesús! ¡Qué ha hecho!-dijo el cura con los ojos fuera de sus órbitas.
-El impasible se acercó y sobrecogido por la situación, se dispuso a dar parte de la prematura defunción de Robert. Se incorporó, y miró a un esquinazo de la sala, y pudo ver horrorizado como otra sombra diferente a la anterior se materializó ante él. Sus formas eran vagas, y no se asemejaba a un cuerpo humano, pero tanto el cura como él, supieron casi al instante de que se trataba de Leonor.
La sombra pareció soportar un dolor insoportable, insufrible, y jurarían que de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de un color negruzco; con su mano derecha le proporcionó una caricia y en un torbellino de furia y desesperación: desapareció.
Lo más peculiar fue que bajo la mirada del cura y el hombre trajeado pudieron observar con todo lujo de detalles cómo esa sombra le seccionaba una de sus manos, sin brotar una sola gota de sangre en el proceso. Después, se volatilizó, y la mano también.
Ése fue el final de la historia de amor en el castillo, y nadie, durante la breve salida del cura del castillo, habló del proceso tan desafortunado que tuvo lugar en él.
El cura, con un gran pesar en su conciencia, de haber dado una esperanza tan real, y que luego se hubiera convertido en algo baladí, decidió ir a contárselo a alguien, a expiar su conciencia, a purgar su culpa. Decidió hablar con Hopper, el capitán del galeón inglés.
El ábate supuso que el capitán aún seguiría en la taberna local. Y bajo el carruaje que le trajo, le dio indicaciones al conductor del faetón que le llevará al lugar. Dentro del carruaje, el cura no pudo evitar llorar, y aferrándose a su resquebrajada fe, abrazó el crucifijo.
-¡Perdóname padre! Qué he hecho… ¡Qué he hecho!
Sin más dilaciones el rodar del carruaje se dirigió a la cantina.
Hopper y sus hombres seguían bebiendo. Había pasado poco tiempo desde el incidente en el castillo. Hopper, ensimismado en sus pensamientos, y algo cansado de su largo viaje en la mar, no pudo evitar recordar, las atrocidades que hizo en el poblado peruano para traerse el preciado objeto. De todos modos, esas monedas le vendrían muy bien-pensó-, y furtivamente se coló de nuevo en su mente la grácil y bella Lucía.
La puerta de la taberna se abrió con furia. El cura, con la mandíbula desencajada y el rostro dibujado por la desesperación, penetró en la estancia bajo el inclemente silencio de los marineros, del tabernero y del propio capitán.
Se acercó a la barra y pidió un vino de la Riviera del Duero; acto seguido, se sentó con el capitán.
-¡Vaya! No sabía que los padres visitaran tabernas-dijo el capitán de manera jocosa. Creía que el vino lo bebían en el pregón del día, padre.
El padre con los ojos centelleantes le miró de una forma fugaz, pero aguda. El capitán se sobrecogió por esa ojeada del padre.
-¿Está usted bien padre?
-Necesito hablar con usted. Ha ocurrido algo terrible, algo, que me ha hecho cuestionarme la fe en Dios.
-¿Una crisis espiritual?-dijo el capitán lacónicamente.
-Sí-dijo tragando saliva-. ¿Recuerda lo del arcón?-preguntó el padre bebiendo el vino a borbotones. Después hizo señas de que el tabernero le volviera a llenar el vaso.
-Prefiero olvidarlo padre. La barbarie que allí cometí me perseguirá toda la vida, pero prefiero disfrutar del las monedas que he ganado con ello, antes de que arda en el infierno.
-Necesito contarle la historia, ¡por favor!, he de desahogarme…
-Hable con su Dios.
-Por favor, ¿no puede hacerle un favor a este viejo cura?
El capitán por un momento guardo silencio.
-No estoy dispuesto a escuchar ninguna de esas historias, pero me apiadaré de un hombre de Dios, si con ello reduzco la culpa que Dios me cargará por mis actos.
-¡Gracias!-dijo con un gran pesar en sus palabras. ¿Recuerda las instrucciones del poblado del Perú al que le mandamos navegar?
-Claro que lo recuerdo. Tengo aún anotadas la latitud y la longitud en mis cartas de navegación.
-Vera, la fuente que nos dio la esperanza fue un peruano que trabajaba desde hacía años para la familia de Robert. Su mujer, Leonor, -el tabernero le lleno el vaso de vino-, estaba muy enferma y los médicos desde hacía meses no podían salvarla. Vinieron de todos los rincones del planeta, el señor Robert se gastó una fortuna en traerlos.
-¿Gastó?-dijo el capitán con una mueca.
-Sí. Está…-bebió un trago del vaso de vino-; está muerto.
El capitán algo sorprendido obvió preguntar, pues aunque no le conocía de nada, sólo por sus monedas, no le importunó esa muerte en absoluto.
-Continúe-dijo el capitán.
-El caso es que ese individuo del servicio era un ser expulsado del poblado, y para vengarse de su pueblo me contó un extravagante secreto. Yo, ¡qué Dios me perdone!, me sentí intrigado por esa historia, y debido al diezmo que tan generosamente me daban del castillo, vi una posible contribución más que generosa a la iglesia. Seguramente, estaba influenciado por la mano del diablo, pero ya es tarde para eso.
-El dinero mueve más hilos de los que creía, ¿eh, padre?-dijo sonriente.
-Hay mucha necesidad capitán, y sé que eso no es justificación, pero mucha gente dejó de padecer el hambre por los tributos del señor Robert, y creí poder solucionar ese problema de raíz si le contaba esa historia a Robert.
-¿Por qué es tan importante esa historia, padre?
-Porque guarda estrecha relación con la iglesia capitán. La mano de cristal, -en ese momento se levantó un vendaval que abrió con violencia una ventana-. La mano de cristal, perteneció a un santo cruelmente asesinado en el Perú capitán. Fue un jesuita destinado a cristianizar a un pueblo peruano, llamado los Santos, y comenzó hace ya tiempo a divulgar la palabra de Dios. Era muy querido por el pueblo, y hasta le erigieron un “cochúa”, es una estatua o monumento a su labor. Pero el diablo tiene brazos muy largos y logró plantar la semilla de la discordia y el odio en el pueblo; esa semilla se llamaba: Marie.
- Creía que sus lazos eran sólidos como el ancla de un barco, padre…
-Esos lazos dependen de la voluntad capitán, y si estoy yo aquí hablando con usted es porque en determinados momentos, esos lazos tienden a romperse.
El capitán rió de una forma leve. -¿Qué ocurrió? Cuando estuve en el poblado no había ni rastro de ese monumento.
-Lo destrozaron, y no les culpo, a veces el ser humano no sabe lo que hace. El caso-cambio de rumbo la conversación-, es que el padre llevaba un diario done apuntaba todo, y los pasajes más fehacientes de su crisis de fe, es cuando se encontró por primera vez con Marie y sus posteriores encuentros amorosos.
-¿Amorosos? Creo qué sé donde va a acabar esto, padre-dijo con sarcasmo.
-En efecto capitán. El padre se enamoró de Marie, y se fustigaba todas las noches con un instrumento de castigo a su falta de fe: un cinturón que se pone en la entrepierna y apretándolo, unos pinchos se clavan en la parte interior del muslo. Después, se ora a Dios para que limpie sus pecados y renueve su fe; pero no fue suficiente. La joven, se acostó con el padre, y de hecho, su crisis fue tan grande que se pensó en colgar los hábitos, aunque fue todo un breve sueño, al menos para él, ya que se convirtió en una pesadilla gestada por el demonio.
El capitán le miraba seriamente, bebiendo cerveza de su jarra herrumbrosa.
-La joven Marie estaba acordada en dote para un joven local al que no amaba y una noche les sorprendieron dando rienda suelta a su pasión. El pueblo estalló de ira, derrumbaron el “cochúa “, y mataron al padre de la forma más vil que cabe imaginarse. Marie, fue sacrificada, incluso bajo la mirada de sus progenitores que estaban de acuerdo. Le cortaron una mano y el resto del cuerpo lo quemaron, quedando su carne esparcida en miles de partículas en el ambiente. Condenada a vagar por el mundo de las sombras y la muerte, sin rumbo fijo, buscando un amor que se rompió por el pueblo furibundo que les castigo con la muerte. Guardaron la mano en un arcón que restregaron previamente de forma violenta por el cuerpo del jesuita muerto. Enterraron el cadáver del padre y lo maldijeron con rituales oscuros. Aunque decían, que Dios se apiado tanto de su amor, que le otorgó un extraño poder a la mano.
-Vaya muerte más escalofriante. De todos modos, no me diga que soy el justiciero de esos malnacidos, porque no fue nada agradable someterles al hierro y a la pólvora-dijo el capitán con cierta acritud.
-¡Desde luego que no! Esos son unos crímenes que deberá usted cargar con ellos hasta el día de su muerte. Sólo Dios puede perdonarle. Creí que la leyenda de esa mano sería cierta, pero desde luego me equivoqué. No sé por qué el individuo expulsado de ese poblado (expulsado por tratar de robar la mano), me dijo que tenía poderes para esquivar la muerte, aunque, a ciencia cierta, la joven Leonor la ha esquivado, pero de la peor forma posible, vagando como una sombra errante por este mundo. Quizás fuera una verdad a medias que deseé que fuera de otra manera. Y esa es toda la historia.
-Desde luego es sorprenderte padre, pero yo ya tuve la “cortesía” de ver a ese ser en mis bodegas.
-Espero que sus almas descansen en paz, de todos modos, lo ocurrido no me lo perdonaré nunca, ¡sabe Dios que así será!, espero que él pueda perdonarme… Gracias por escucharme capitán, muchas gracias por escuchar el tormento de mi alma.
-No hay de qué padre; espero que esto me lo tenga en cuenta su Dios. Yo, sin más detenimiento me dispongo a partir para ver a mi amada.
-Adiós capitán, vaya con Dios. Y recuerde vivir, es lo más importante de esta delicada vida. Y portando el crucifijo en las manos viejas y cansadas del clérigo atormentado, apretó la cruz y se fue por la entrada principal.
El cura andando por calle, se perdió por uno de sus callejones bajo el viento que le plegaba la túnica en multitud de formas.
El capitán del barco, partió al día siguiente para ver a su amada, pues después de esa historia, algo dentro de él hasta ahora dormido, se despertó, y no era otra cosa que amar a las personas que le querían, por no saber a ciencia cierta, cuándo las iba a arrebatar de este mundo la inexorable muerte, y rompiendo la carta que escribió en los inicios de esta historia, partió rumbo a ver a Lucía.
Transcurrieron los meses. Y en la ciudad dónde desembarcó el capitán, hace ya tanto tiempo, llegó una terrible noticia; el cura, apareció yerto en su capilla, con una cara atenazada por el horror , con las orbitas fuera de los ojos, y las pupilas dilatadas por una imagen escalofriante; cuando fueron a enterrar su cadáver, todos se asombraron al ver que le faltaba una mano; y cómo, los días de más oscuridad y tenebrosos, una sombra errante, junto a otras dos, vagan desdichadas gritando y rezando por los alrededores del castillo y de la iglesia.


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