IR AL FORO

White powder (Polvos blancos)


Había venido del más allá. Procedía de una zona que no puede ser nombrada ni descrita. No conocía las emociones, ni la piedad, ni la caridad: encarnaba al mal más puro. Sabía muy bien su cometido, y porqué estaba aquí.
Pasó sus afiladas uñas por el mueble de la habitación, produciendo un sonido chirriante, exasperante, irritando los oídos. En realidad lo hacía porque detestaba convivir con el género humano, ¡se sentía divino! Y lo divino… no puede convivir con lo humano; al menos ése era su parecer.
Sonreía con su aliento corrompido, mostrando una fila de dientes desiguales, y deteriorados por su maldad. Sólo los polvos blancos que se echaba en su cuarteada cara, parecían darle un aspecto más pulcro; y… ¡vaya si surtía efecto!, uniformado como un payaso y con un rostro blanquecino, lechoso, pasaba el examen de payaso. Ese era su cometido: asustar a todos los niños(as), que pudiera, maltratarlos, hacerles la existencia lo más amarga posible, pero con una condición; sin llegar a matarlos. Ése era el vínculo que le mantenía en este mundo, si se rompía, volvería instantáneamente.
Enarcó otra nueva risa para probar sus aptitudes cómo payaso. La dio por buena.
Salió a la calle.
El entorno le agobiaba. Emanaba felicidad por todos los rincones: aspersores regando el frondoso jardín, gente riendo, niños jugando, otros cantando: su mayor enemigo; la felicidad. Le angustiaba, le constreñía el corazón hasta oprimirle el pecho como una losa de una tonelada.
¿Qué objetivo escoger?-pensó.
Todo parecía demasiado tranquilo y demasiado circunscrito a territorio feliz. ¡Alguna víctima debía de haber cerca!

Al instante; lo vio. Un niño, estaba sólo; paradójicamente apartado del resto. Muy lejos de él, unos niños jugaban asquerosamente alegres, en un día desgraciadamente soleado.
Haciendo gala de los movimientos que había aprendido, se dirigió al territorio del joven solitario.
El niño se mecía de un lado a otro en el banco: alegre, ensimismado en aquel paisaje rebosante de vida.
-¡Hola niñito!, ¿quieres una chuchería?-dijo sacando infinidad de golosinas.
Pero el niño no respondió. No dijo ni una sola palabra.
-¿Qué pasa?, ¿te doy miedo, es eso no?-dijo pegajosamente alegre tal ser.
El niño seguía enmudecido, sin decir palabra, sin mediar objeción alguna.
El improvisado payaso emano un gaseoso grito de su perforada boca, al igual que una caverna oscura, mostrando de sopetón sus dientes grotescos.
Pero el niño seguía sin moverse, y cayó hacia un lado del banco.
Intrigado, y extrañado, el payaso se acercó, y descubrió con amarga sorpresa que se desvanecía.
-¿Pero qué he hecho yo? ¡No le he matado!-se repetía una y otra vez.
Algo se le escapó. Y fue el hecho de que el niño, gravemente enfermo, murió viendo el último paisaje que le gustaba: la felicidad de su hogar, de todo lo qué rodeaba a su vida.
El payaso se resigno a desvanecerse, a volatilizarse como el polvo ante el viento, sin haber conseguido su objetivo maligno: asustar al chico, más bien, fue el último que le vio con vida, y a él también.
Finalmente; el payaso, se esfumó.

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