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Por: Nicolás Afonso
“Today is a good day to die”

En 1996, el género de la Space Opera agonizaba, profundamente afectado por producciones de dudable calidad en sus argumentos como la saga de las galaxias de George Lucas o las infumables secuelas de Star Trek, sólo aptas para incondicionales de la serie.

El panorama se presentaba sombrío hasta que llegó Paul Verhoeven. El realizador holandés, que nunca había dejado indiferente a nadie con sus anteriores metrajes, recogió el guante lanzado en la década de los años setenta y presentaba Starship Troopers, basada, por decir algo, en la novela homónima de Robert A. Enhilen. Verhoeven, que más tarde reconocería que no fue capaz de leerse este clásico de la literatura de Ciencia Ficción, tomó un boceto de guión preparado de forma efectiva por Ed Neumeier y lo moldeó para expresar sus miedos infantiles surgidos a raíz de la ocupación alemana de su Holanda natal.
En esta película, Paul Verhoeven especula con una sociedad fascista y militarizada, en la que todo gira en torno al privilegio social que supone convertirse en ciudadano en contraste con la sociedad civil, para lo cual, es necesario cumplir con un duro servicio militar. Robert A. Heileim justificaba la ciudadanía por el hecho de que sólo aquel capaz de arriesgar su propia vida por el estado puede tener el privilegio de regirlo. Sin embargo, en esta versión cinematográfica, la ciudadanía es un verdadero filtro social que lleva a una sociedad completamente alienada y como no, perfecta en sus formas pero con los pies de barro. Esta corrupción se pondrá de manifiesto cuando la humanidad emprenda una guerra contra una raza alienígena compuesta por organismos asociativos y altamente especializados que nos recuerda a las sociedades de insectos colmeneros.
El resultado, fue un metraje en el que un puñado de actores semidesconocidos encabezados por Michael Ironside son conducidos con efectividad y que dotó de efímero caché a algunos de ellos (Denise Richards y Casper Van Dien, por ejemplo). En Robocop y Desafío Total (Total Recall), Verhoeven exploraba los excesos del sistema capitalista, con la concentración de poder parejo a la concentración de capital y la supeditación a estos de las consideraciones morales de cualquier tipo. En Starship Troopers, nos encontramos con un ensayo sobre las consecuencias de los totalitarismos militaristas y la manipulación mental de los ciudadanos sometidos. Son dignos de mención algunos guiños a determinados paralelismos con los Estados Unidos contemporáneos. Por ejemplo, la jura de los reclutas, es una parodia de la ceremonia por la cual se recibe la ciudadanía americana y que consiste en jurar la constitución. Los bailes de graduación, los partidos de fútbol americano de secundaria, son algunas otros guiños ¿Nos muestra Verhoeven su temor a que el país norteamericano se encamine hacia una sociedad como la descrita?
A decir de muchos, en el debe de esta película, está la poca literalidad con la que se aborda la novela original y que excede las “licencias” que el cine de Hollywood suele imponer a sus producciones. Así, la infantería móvil, nos recuerda más a la Wermach que a los ingenios ultra tecnológicos que tan magistralmente describe Heileim; si bien, podemos encontrar algunas de estas aportaciones interesantes, como puede ser el hecho de despojar de tecnología a los enemigos alienígenas para poner de manifiesto la vulnerabilidad humana.
A Starship Troopers le siguió una secuela de calidad muy pobre (Starship Troopers 2: Héroe de la federación). Esta secuela debería ser vista con ojos distintos a la de una gran producción como su predecesora, mejor como un film de serie Z puro y duro.
Parecía muerto el universo que tan hábilmente había creado Verhoeven hasta que Ed Neumeier, el guionista de la primera entrega, nos hizo llegar recientemente la tercera parte de la serie, Starship Troopers 3:Marauder. Más ácida quizás que la primera (el Sky Marshall es un personaje absolutamente mediático que despierta la hilaridad en el espectador), esta cinta, que probablemente no será distribuida en cines, recupera a Casper Van Dien como un Johnny Rico convertido ya en oficial y que es acompañado de la hermosa Jolene Blalock (oficial T’Pol en la serie Star Trek:Enterprise) , para narrarnos una más que interesante historia repleta de guiños al cine de ciencia ficción (Pitch Black, Alien el octavo pasajero, e incluso el Planeta de los Simios). Tras una nueva batalla perdida por parte de la humanidad, una nave que pretende evacuar personal crítico es derribada sobre un planeta ocupado por fuerzas alienígenas. Los protagonistas supervivientes empiezan una desesperada marcha a través de lo que parece ser un mundo yermo en la que se verán sometidos a todo tipo de pruebas y que finalmente nos desvelará el plan maestro arácnido para someter a la raza humana.
Adolece esta entrega, eso sí, de la originalidad que nos deslumbró en la primera así como de su ritmo. Sin embargo, Neumeier se muestra como un alumno aventajado de Verhoeven y juega con el espectador. Los protagonistas, se van despojando de sus uniformes y con ellos de la simbología fascista que dominaba la primera entrega, al tiempo que van abrazando la fe cristiana como única esperanza de salvación. Sólo en el último momento, se desmontará de forma abrupta este mensaje para ridiculizarlo mostrándose como una parodia de la ola de conservadurismo religioso que asola los Estados Unidos y que ha impregnado numerosa filmografía en los últimos tiempos (Soy Leyenda, por ejemplo).
En resumen, una cinta muy interesante que aporta y complementa a la primera a pesar de no llegar al nivel de esta última.

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